Plan maestro para derrocar Hollywood.

La época del cine de oro en México era más que ver películas. Volvamos a las proyecciones en las azoteas, a los días de Cine con amigos. Defendamos nuestro derecho a la diversidad.

Por Rafael Ruíz.


Publicado hace 1 año 10 meses


¿Por qué leer esto?

Porque es importante rescatar buenas propuestas cinematográficas nacionales.


Nunca he sido muy punk; esta pequeña anarquía es, posiblemente, la cosa más punk que he hecho, por lo cual permaneceré anónimo.
Quiero comenzar advirtiendo que estamos muy secuestrados. Sí, secuestrados por las tendencias comerciales de Hollywood. Muchos dirán que soy un mamalón (motivo real por el que permaneceré anónimo), otros se quejarán de mi insensible y ofensivo uso de la palabra secuestro en este clima social de violencia. Posiblemente tengan razón, pero también es cierto que casi todas las pantallas proyectan la misma película y el espectador que logra ver una buena película mexicana, o ya digamos una buena película, es el vencedor de una larga carrera de obstáculos.

La semana pasada la increíble película Güeros estuvo en el cine comercial en los insultantes horarios de las 10:00 AM y la 1:00 PM y, obviamente, sólo en Centro Magno y Galerías, porque sólo al abolengo le interesa el cine de autor. Esto es prácticamente una declaración de guerra (aquí no se para en insensibilidad).

Es preciso recordar que la época de oro del cine mexicano no eran sólo las películas; eran los cines atestados que olían a tortas, los autocinemas, el evento social que implicaba ver una película. Entonces todos se reunían a ver a Pedro Infante, y las cápsulas forzadas de Hollywood eran recibidas con tedio.

Las largas filas para «Rápido y Furioso XXXVIII» son resultado de un proyecto villanezco a largo plazo de formación de públicos que puede ser revertido. Así que, si por pura equivocación algún emprendedor me está leyendo: más que nunca te necesitamos. Hacen falta cineclubs, películas proyectadas en las azoteas, miércoles de cine con los amigos. Y no se trata de hacernos los raros y los alternos (o sí); se trata de defender nuestro derecho a la diversidad y a los productos culturales desde todas las ciudades, todos los municipios, todos los barrios.


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