Shipibo: Un collage de sonidos, texturas y ayahuasca.

La historia de Don Luiz y sus viajes a través de la curación con Ayahuasca es un collage de sonidos, texturas; un mundo aparte.

Colaboración de

Joel García @MstrJay


Publicado hace 2 años 3 meses


¿Por qué leer esto?

Para permitirnos conocer un mundo distinto al que la urbanización y lo cotidiano nos deja.


Sobre la amazonía el sol se levanta y junto a su luz las aves cantan. A orillas del Ucayali entra calor y cantos al hogar de la tribu, que deja el mundo de sueños ante este llamado; el día en la selva ha comenzado. Don Luiz tararea la canción que sus sueños le han traído, que los espíritus le han compartido para esta noche, u otra noche. Curandero ayahuasquero, Don Luiz camina en la selva mientras a lo lejos oye el canto de su tribu: hombres que pescan, mujeres que tejen, hombres que cortan frutos, mujeres que moldean barro, hombres que cazan, mujeres que carvan, niños que ríen, bebés que lloran. Él los escucha e imagina, ve el patrón geométrico que las matronas hacen con sus manos; aquel que sigue el río cuesta abajo, que sigue la piel de la serpiente, les dejó y con el que los creó Nete Ibo; la vibración íntima del universo que separó el cosmos del caos.

Sólo él camina, pero no camina solo; camina entre las plantas, sus maestras, demajuanas físicas de los Jihui Jonibo. Busca entre ellos al que lo ha visitado en su sueño, el que le ha guiado y le guiara; pero no lo encuentra. Camina alegre hasta la Lupuna, el árbol más grande, el guardián de la selva. Saluda, llama, canta a Yoshirapa, el espíritu dentro; a los que surgen en sus raíces y a los que lo coronan.

Mira al jaguar mascando una ayahuasca, y siente en su sombra la de un puma negro. Por un momento teme por la paz que han traído los merayas; por la visión de un nuevo yobé más poderoso, por sus virotes, su yotati. Recuerda lo que no ha vivido, lo que ha sido y será. El primer hombre de su abolengo, el sobreviviente al diluvio que se casó con una sierva cuando el Inca había mandado a su hija para él; que condenó a toda su estirpe a la muerte por la curiosidad de verle nacer. El hijo del sol que formó una escalera de flechas hasta su padre, que lo vio devorado por caimanes en el río estrellado del cielo; y lo alejó, y dividió la tierra en tres espacios, y al hombre de los seres de la naturaleza. El hombre blanco que lucha contra la naturaleza, y la naturaleza contra él.
El onaya Don Luiz conversa con los Chaiconi Jonibo sobre sus visiones, y ellos lo guían al Ibo que buscaba. Aún no conoce su canto, su medicina; solo ve su yoshin agresivo, obscuro. Todas muestran su sombra primero, todas mascaran su Rao Jonibo. Encuentra shipi que cruzan por los árboles recogiendo frutos, cazando insectos, gritando, riendo; nunca los había visto en esta tierra roja. Siente el aliento del viento entre las ramas de los árboles; y el nihue en el atardecer.

Llega a casa, con Aurora, su tabaquera. Ella ha terminado de hervir las hojas de chacruna con la liana de la muerte, la purga. Juan, discípulo de Don Luiz, llega en el momento en que vierten la medicina a envases. Tras la puesta del sol, antes de que anochezca llega Joaquín acompañado de su hermana y su madre. «Me duele el pecho» es todo lo que dice antes de caminar a la casa de la concentración, una choza sin techo donde será la ceremonia.
Aurora prende un mapacho, se lo entrega a Don Luiz. El sopla sobre la botella y canta suavemente un icaro a Nishi Ibo; para que los proteja y los cubra de luz, para hacer posible la sanación. Aurora sopla humo del mapacho a todos los presentes. Luiz continúa a su canto en susurros, mientras observa el patrón en la caya y shinán de Joaquín. Consagra la ayahuasca a Jesucristo y le da un trago; se la pasa a Juan quien le da otro. Todos esperan la mareación en la silenciosa oscuridad.

Un roció arcoíris recorre de arriba a abajo a Don Luiz, que bosteza, y en su garganta sostiene la vibración. Después el temblor, en la tierra, en todo su cuerpo; no siente dolor, solo se abre más y más. Luego el chillido “Iüùûūú” y todo se acerca: la boca del río, el aliento del viento, los cantos de anoche de alguna otra tribu. La noche comienza a brillar, patrones dorados los cubren en un cimborio cambiante; anunciando la llegada de Nishi Ibo, la madre ayahuasca, el verdadero shaman. Don Luiz siente su energía, su camino, su kikin-quene lo toca en la punta de la lengua y comienza a cantar a la Ayahuasca, a la Chacruna, al espíritu santo. La cúpula dorada se vuelve finos hilos, cuerdas que siguen el canto. Don Luiz canta de memoria otro ícaro, a otro Rao Jonibo al que pide auxilio; Nishi Ibo le escucha y sigue su canto. Icaros, Ibos, voces que le siguen, a las que sigue. Todos, hombres y espíritus lo escuchan con atención hasta empezar a cantar como ecos del onaya, formando un coro entre los mundos. Lejos, en la aldea, la gente oye al curandero cantar. Su fragante voz se une al humo de tabaco para decorarlo todo a través de su viaje en el aire.

Joaquín ya ha sido curado del susto en su yora cuando se acerca a Don Luiz. Él le sopla fuerte el humo de mapacho antes de poner agua florida en sus manos para sacarle el mal aire y penetrar el nihue. Canta el Ícaro de la sunarara, la corteza de la lupuna que por la noche sisea como serpiente. Por fin ve el daño; ronin, la boa del Jene Nete se enrosca sobre el pecho de Joaquín; Ícaro de la anaconda muerte, este es el yotati del yobé. «Coraje» le pide, y comienza el ícaro para ronin, que comienza despacio para convencer a la anaconda de dejar a Joaquín. Entre las lentas melodías se escucha un fuerte exhalar, que se intensifica hasta formar otro ritmo enérgico que se junta en su corazón con la visionaria batalla que tiene contra el yobé. La anaconda se mueve de Joaquín a Don Luiz cuando esté le oprime el pecho, y las plantas maestras le cantan para sacarla de ahí.

En otra voz, Don Luiz comienza su canto y los espíritus coronan a Joaquín como rey, con un sombrero resonante que lleva una flauta, y sobre esta flauta un picaflor. Y la voz de Don Luiz se vuelve aún más dulce que el agua florida, y la voz de Joaquín lo sigue perfectamente en su canto. El aliento que sale de sus bocas es una línea rítmica que forma patrones en el caya de Joaquín.

Al terminar la ceremonia, tras humear su cabeza con mapacho para cerrar sus canales; su ayudante y su mujer le inscriben el patrón en su yora a Joaquín. Cuando se retiran, Aurora le receta un té con las ramas que ha traído Don Luiz, tras purificarlas con sus arcana. Un rate casi sucede esa noche, casi se desprenden el yora y caya de Joaquín. Para resguardar, para restaurar, los curanderos cantan ícaros hasta que amanece.


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