Should I Stay or Should I Go

Los nuevos agricultores, un sueño millennial, con todas las comodidades e internet en la paz del campo.

Por Diana Cuevas.


Publicado hace 1 año 9 meses

¿Por qué leer esto?

Porque si eres emprendedor y sabes que la guerra por los alimentos está cerca, te va a interesar.


Salir del pueblo para «progresar» en la ciudad, huír de provincia en búsqueda de las oportunidades que ofrece la capital e, incluso cruzar el charco, está out (sin contar con que la palabra «out» está out desde los noventa). Lo de hoy para muchos jóvenes hambrientos de éxito laboral es migrar al campo, un fenómeno que comenzó como una moda y en algunos sitios del planeta se está convirtiendo en una necesidad. En América Latina cada vez más profesionales son atraídos por trabajos agrícolas bien remunerados y alejados de las presiones de la ciudad, con lo cual se inicia una migración inversa a las tradicionales que por décadas han generado grandes concentraciones urbanas.

Ya sea cerca de algún pueblo o una playa poco turística, esta nueva generación ha decidido vivir alejada de los antros, los supermercados orgánicos y la «urbanización» desmedida. Ha optado, en cambio, por el tiempo y los ánimos de echarse un pulque antes de la puesta de sol. A pesar de esto, tienen buenos ingresos, manejan sus propios negocios (cumpliendo así el tan anhelado sueño millennial) y no sufren del estrés y el ritmo de vida de las grandes ciudades.

También, aunque son minoría, están quienes nacieron en una zona rural y que al contrario de sus padres (para quienes el campo suponía un destino fatal) encontraron en la agricultura su verdadera vocación y una oportunidad de labrarse (a veces literalmente) un futuro profesional a largo plazo, a pesar de la intensa carga de trabajo.

Ahora muchos trabajos de oficina no exigen una vestimenta formal. Sin embargo, la imagen personal sigue siendo determinante en la actividad que realizamos e incluso en el sueldo que se nos ofrece. Por irónico que parezca, a muchos empleados de industrias creativas no les creerían su creatividad si llegan en corbata, vaya; pareciera que deben disfrazarse de muppies para que se las crean. Esto sumado al inconveniente tiempo de traslado del trabajo a la oficina, que aún en bicicleta es tardado e incluso resulta un peligro, al menos en México. En el campo nada de esto ocurre, ni siquiera pasa por la mente.

Esta nueva modalidad de campesinos emprendedores compra máquinas para dar vida a la producción artesanal local, el labrado eficiente de la tierra y para alimentarse de productos verdaderamente orgánicos cosechados por ellos mismos en el campo. Algo así como una revolución startupera campesina, influenciada en gran medida por la necesidad generacional de hacer negocio a partir de una genialidad que a nadie antes se le ha ocurrido, una necesidad ya no de «encontrar el hilo negro», sino de ir directamente a plantar el algodón y hacerlo ellos mismos.

Contrario a lo que podría pensarse, esta «rebeldía urbana» no incluye la desconexión del mundo (internet), tampoco se trata de internarse en una silenciosa casita de adobe sin servicios «básicos»... para eso están los retiros espirituales en la ciudad. Como buenos millennials, estos jóvenes están perfectamente conectados a la red celular de los países donde residen, suelen contar con internet y estar al día con lo que ocurre en la ciudad (de lejitos, por supuesto). Se saben protagonistas de una nueva tendencia que parece ir contracorriente de lo que pasa en las ciudades y países donde generaciones mayores aún piensan en migrar.

Nuevas parejas rurales con hijos adolescentes están asumiendo que es cada vez más necesario alentar a sus hijos a permanecer en el campo. Después de todo, depende de ellos (y sus hijos) cuidar de la producción de materias primas agrícolas utilizadas en todas las industrias. Actualmente, 3 de cada 10 latinoamericanos dependen de la tierra para sobrevivir. En países como México y Perú se estima que el 20% de los jóvenes trabajan en el campo. En Brasil, más de una cuarta parte de la población rural (8 millones) tiene entre 15 y 29 años. Por otro lado, la producción de los alimentos suficientes para alimentar a 9 mil millones de bocas que se espera existan en 2050, está en manos de los más jóvenes. Se trata de un enorme desafío que todos aquellos que conforman esta nueva tendencia más alejada de «los reflectores» están felices de contribuir.

A pesar de ser un movimiento totalmente opuesto a lo que la sociedad nos plantea como «progreso», prevalece una de las características presentes en las investigaciones sobre la generación millennial y el mercado de trabajo: la competitividad y el deseo de crecer rápidamente en el empleo. El campo cuenta con muchas posibilidades para el joven que quiere emprender, siempre que existan las condiciones adecuadas: caminos, electrificación rural, internet y telefonía móvil. Infraestructura que para muchos países europeos ya existe mientras que latinoamérica carece de ella en gran medida.

Si el proceso de creación de una empresa es caro y lleva mucho tiempo, los jóvenes están menos dispuestos a hacer negocios, sobre todo después de ver cómo muchos de los startups y proyectos de sus compañeros de generación que hace tres años eran promesas emprendedoras no pasan del primer año de vida y ellos ahora trabajan para una multinacional.

Según datos del Banco Mundial, la inversión en la agricultura no es cara si se toman en cuenta los beneficios para los agricultores: un aumento en los ingresos asociados con esta actividad es de entre 2 y 4 veces más eficaz en la reducción de la pobreza que el crecimiento en otros sectores. Por ello, para muchas familias rurales e incluso citadinas que emigran, el campo resulta la última oportunidad de hacer algo por y para sus propios medios, y volverlo un negocio redondo en el que pueda involucrarse a la familia entera para llevar una vida tranquila. Existen casos de siembra de frutos que no sólo producen, sino que a partir de ellos se genera una marca local de jugos, vinos o alimentos (por poner un ejemplo) que cierran el ciclo del boom verde y exportan estos productos a los grandes supermercados orgánicos y gluten free.

En varios países del mundo, este movimiento migratorio ha llamado la atención de instancias gubernamentales, generando una serie de programas que ayudan al incremento de la siembra, a la protección de hortalizas o a cubrir los primeros gastos de exportación. Así, mientras su negocio exportador despunta, les resulta sustentable el comercio en pequeñas tiendas locales, aprovechándose desde luego, de la ahora manía por todo lo que incluya la etiqueta «orgánico», «artesanal» o «libre de conservadores».

Por ahora esta tendencia global es poco notoria a escala local, justamente por su naturaleza alejada y outsider. Son un gran número de pequeños grupos volviendo la vista al campo, grupos que en suma están revolucionando tanto la manera de producir para la sociedad, como la manera de sobrevivir en ella. Brindando con un mezcal artesanal, cambiando el rush de la noche por una relajada pero sustancial vida laboral y con días que verdaderamente cuentan con 24 horas, son cada vez más los jóvenes descubriendo que pagar el dinero con tiempo y sacrificando pequeños placeres cotidianos, como vivir, resulta bastante caro.


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