Monogamia Digital.

En el corazón las cosas se pondrán turbulentas, será normal tener arranques de euforia inexplicable y de melancolía injustificable, porque al final todo lo que existe en este tipo de realidad son datos que se transmiten mejor por wi-fi.

Por Bernardette Limón.


Publicado hace 5 meses 2 semanas



«You are like the Great Spirit, who befriends man not only to share his life, but to add to it. My knowing you is the greatest thing in my days and nights, a miracle quite outside the natural order of things».
Khalil Gibran

En estos tiempos donde es más fácil conseguir una cita por Tinder que a la antigüita — a través de un amigo o en una fiesta — y que lo común era poner las miradas en quién llegaba y no de quién venía la notificación que hizo vibrar el celular, me hace pensar si el orden natural de las relaciones aún existe bajo el romance heroico de los años 50, o que en el fondo ya sólo queda esta realidad digital que nos confunde o tal vez nos hace seguir creyendo en que todo lo que pasa es por coincidencia, casualidad o, quién sabe, hasta porque el amor verdadero ahora sí tocó la puerta.

Es así como a mí me tocaron la puerta; creía que el renacimiento del romanticismo shakesperiano estaba transformándose ante mis ojos y en mis redes sociales. La verdad era que ni todos los poemas de Khalil Gibran podrían hacer un milagro.

Enamorarse comienza por una pregunta, conocer de dónde o por qué somos cyber-amigos, ¿te agregué porque…?, continúa con una sonrisa en emoticon y de pronto todo comienza a girar en torno a las palabras en donde los gustos, los desencantos, pero sobre todo las similitudes, tienen un encuentro que terminan ilusionando más y más: — Cómo no nos conocimos antes si somos igualitos… ¡almas gemelas! —

De pronto las interfaces se van sumando; Facebook Messenger tiene todo un historial en donde ya no es posible retroceder sin perderte en los nuevos mensajes que van aterrizando. Sin darse cuenta los dos personajes terminan por pasarse su teléfono (el real y sin excusas como «Me robaron el cel y cambié de número»), continuando con la «relación» un poco más personal. La intensidad sube en Whatsapp con dos o tres fotos que despistadamente buscan conjugar reacciones que, por azar, terminan siendo inevitablemente evadidas.

Después de varios meses será difícil sentirse ajeno a ese alguien que, del otro lado, puede escribir más rápido que tú las risas, porque es más fácil contar y contar todo lo que les motiva, inspira y les revuelve la mente, a decidir verse (porque qué tal que está demasiado pequeño y su lunar en la nariz no es tan atractivo como lo imaginábamos).

El tiempo sigue caminando tan lento, que la espera de mensajes, chistes o noticias se vuelve eterno, y más si se atraviesan los fines de semana que, por lo regular, no hay espacio en la agenda de la vida real para la vida digital; extrañamente te ves envuelto en una revolución de sensaciones porque tú, a diferencia de quien está del otro lado, tienes más tiempo para checar tu celular cada 20 segundos… —seguramente no me escribe porque no tiene señal—.

En el corazón las cosas se pondrán turbulentas, será normal tener arranques de euforia inexplicable y de melancolía injustificable, porque al final todo lo que existe en este tipo de realidad son datos que se transmiten mejor por wi-fi.

La idea total de ser dos es ser un número que cuantifique una relación. No tendría porqué ser romántico cuando lo hablas claramente y pones las cartas sobre el chat; resulta ser el caso en el que después de 22,250 mensajes leídos, todo sigue siendo tan ligero y vago, e igual a la teoría de la partícula de Dios. Aquí es donde el par se vuelve non; nadie dijo que las emociones digitales tienen términos y condiciones en letras diminutas, nadie cuenta que los contratos son más robustos que los del crédito hipotecario de una casa, y que tendríamos que hacernos un lavado de cerebro al estilo vendedoras de Avon para saber cómo sentar al corazón y explicarle que cualquier cosa que pueda revolotear ahí dentro es un conteo binario entre el teclado, la pantalla y el doble check.

Mi historia se resuelve después de 16 meses de constantes mensajes llenos de carcajadas, promesas difusas, nicknames personalizados de acuerdo al tema que salió la primer noche que chateamos, dos cumpleaños olvidados con el propósito acertado de no generar expectativas. Una amistad claramente naïve floreció; yo venía de constantes desaciertos sentimentales, por lo que no estaba en una posición sensata en donde pudiera discernir entre una realidad física y una efímera.

Era emocionante pensar en alguien tan guapo, tan simétrico y tan parecido a mí en muchas palabras — aquí las formas quedaban entre paréntesis-, todo fue una realidad alterna donde el enamoramiento llegó para descubrir cómo los segundos y el HD se sienten de verdad.

Charles Eames diría que eventualmente todo se conecta; las personas, las ideas, los objetos a lo que Maya Angelou afirmaría que hay que tener el coraje suficiente para confiar en el amor una vez más. Y siempre una vez más.

Resulta que a mí, por lo menos, nadie me dijo que sentir cualquier cosa parecida a esto podría ser totalmente normal y que no sería un tema para llevar al psicólogo; yo me enamoré como una chiquilla fanática de las boy bands y lo disfruté, me gustó tanto que no dejé de hacerlo — al menos ya no practico la monogamia digital — porque lo que realmente amo es acumular historias que me hacen pensar en todo lo que expresó durante el día y que comparto con mis amigos, compañeros del trabajo, familia y de vez en cuando con mi eterno enamoramiento digital, que a veces aparece con un ;) y me sigue haciendo sonreír.

Lo que me hace recordar que, un buen día, Theodore Twombly aprendió que el amor es una forma social de locura aceptable, esa que nos hace repetir una y otra vez que no volveremos a acudir a los crushes digitales de Instagram o a querer vivir la vida en dos perfectas horas llamadas «Películas».

Pero que al final, la ciencia detrás de los algoritmos digitales nos devuelve la realidad en la que sí vivimos, haciéndonos entender que somos la suma de todo lo que vemos, tocamos, aprendemos y lo que por condición emocional, amamos.

La verdadera experiencia es seguir buscando al verdadero amor, con o sin Internet.


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