La Manzana

Por Posh Editorial.

Colaboración de

Melissa Dominguez


Publicado hace 5 meses 14 horas



Siempre he merodeado la hipótesis, quizás muy acertada, de un posible subconsciente colectivo que fue marcado después de que el libro del Génesis apareció, y Adán mordió la manzana y renuncio al “paraíso” (como dice Shakira) para comenzar con toda una ola de generaciones futuras hasta la fecha, en donde la mujer fue la culpable, la pecadora, y la causa de la caída del pobre Adán. Y entonces, consciente e inconscientemente para toda la eternidad, por los siglos de los siglos, la mujer se ha visto como una especie, que si se descuida se convierte en el blanco de dolorosas pedradas a partir de un juicio impulsado por la obligación de mantener una moralidad, petición de una sociedad impactada por la iglesia desde la Edad Media.
Aquellas mujeres que han desafiado el orden patriarcal han sido víctimas de violencia, quemadas vivas en la hoguera, por desarrollar su sabiduría espiritual; han sido privadas de su propio placer sexual, su desarrollo intelectual, su libertad de expresión, verbal y física, pues la mujer ha sido vista como una diosa tentadora que se alimenta de las debilidades de los hombres y causa incontables bajezas y violencia (incluso la guerra) entre ellos.

Para entender siglos de represión y comprender nuestra propia responsabilidad, hay que remontarnos a la historia del nacimiento del patriarcado, y el hecho de cómo desde Mesopotamia el hombre ha explicado al mundo con sus propios términos, haciendo de la mujer un objeto para su satisfacción sexual, cuidadora de sus necesidades físicas, nacida para tener su descendencia. ¿Seguimos condenándonos en la sociedad moderna como mujeres, al creer que por nuestro género tenemos que seguir obedeciendo a lo que pareciera ser una maldición de represión sólo por ser mujeres?, ¿es nuestra principal responsabilidad como mujeres destruir estas cadenas? El patriarcado no viene determinado de forma biológica o en la naturaleza, por lo tanto aún existe posibilidad de que llegue a su fin.

Ir en contra de generaciones y generaciones de pensamiento misógino, pasivo, agresivo, consciente o inconsciente, directo o indirecto, conlleva cierto riesgo o sacrificio. Poner a un hombre en su lugar constantemente es extenuante, y muchas veces (por muy guapas que estemos) nos quedamos solas. Existen incontables experiencias personales con hombres que por no querer salir de su zona de confort (inculcada desde niños), prefieren no batallar y no meterse en “camisa de once varas” con una mujer en un camino de aprendizaje y libertad. Es un acto casi heroico, desde mi punto de vista, cuando una mujer actúa con honestidad, fiel a una rebeldía que creo es indispensable en el siglo XXI. Pero, ¿qué pasa con aquellas mujeres que juegan a ser esas diosas tentadoras y fatales para robar la energía y el dinero de hombres débiles para burlarse ruidosa o calladamente en sus caras?, será acaso algo así como un acto de venganza, donde por haber creído que la mujer es débil e indefensa, terminan siendo desgarrados lentamente por una serpiente sabia.
Quisiera sembrar ese debate entre nosotras, y seguir con una sonrisa maliciosa mientras actuamos cada minuto con nuestra libertad de maldecir, mostrar lo que por naturaleza tenemos, usar la tentación como un beso de judas, estar muy orgullosas de marcar nuestros logros (aunque muchos se rehúsan a aplaudirlo por no tener los pantalones para aceptarlo), que sin duda una mujer ha sido reprimida en muchos puntos, por ser un alguien de interminables de potenciales y un sexo hermoso, poderoso, que da vida y que también puede hacer de cualquier vida una miseria.


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